Carta 21



Querida chica especial: 

Dado que me resultaría dificil llevarte al Diario de Patricia (no al de Patrish, al de la tele lleno de freaks) he decido redactar una carta al más puro estilo quinceañero (no en vano tengo 16 años). 


Los que me conocen saben que se me dan bien las indirectas, así que usaré una para comunicarte lo que quiero: Me gustas. No como un bocata de jamón puede gustar a una persona, tú ya me entiendes. 


Pero una relación no se forma sólo con que a una de las partes de la pareja le guste la otra, por lo que es necesario que haya algún tipo de atracción de ti hacia mi. Es por ésto que te pongo a continuación una serie de referencias hacia mi persona hechas por gente que me conoce: 


- "Él no ha tenido ninguna novia, pero porque siempre te ha estado esperando a ti"
- "Una vez tuvo que hacer el boca boca y aquel anciano le dijo que besaba bien"
- "No sabe mentir, así que puedes confiar en él"
- "Tiene una camiseta que mola"
- "Siempre tira de la cadena"
- "No le pidas que corra porque seguramente te dirá que correr es de cobardes"
- "Es mono, en el sentido de simio, claro" 


Ojalá que te haya convencido y hayas decidido abordar conmigo este viaje del amor en el que espero que pasemos muchos ratos en el vagón +18 y hagamos muchas paradas en la estación Delbeso.


(Fuente: http://zonaforo.meristation.com/)

Carta a Medardo Fraile


Barcelona, 13 de marzo de 2013.
Querido Medardo,

Lleva todo el día cayendo una lluvia impertinente y mineral sobre Barcelona, una lluvia, la verdad, un poco escocesa, y mira que yo con la lluvia suelo ponerme lírico y estupendo, pero ahora, ya ves, se me hace más difícil escribirte con estos chorretones de plomo armando bulla en el patio. Quería felicitarte hoy por tu cumpleaños ―ochenta y ocho, nada menos, el doble que Chéjov―, pero el viernes no se te ocurrió otra cosa que morirte mientras dormías y me he quedado así, con la misma cara de aquél bobo que en tu cuento se aferra a un álbum de cromos que no regalará nunca a nadie.

Estamos muy tristes por aquí, Medardo. Durante todo el fin de semana han ido apareciendo obituarios y semblanzas en los medios ―en diarios y en la red, ya sabes que en la tele sólo hablan de los literatos que, como decías, están siempre con su cuchara encima del plato de lentejas, no de nómadas discretos como tú―, y casi nadie ha faltado a la cita del afecto y el respeto. Algunos críticos y notarios han dado fe de tu valía literaria, pues de todo queda registro: de tus inicios en el teatro con los grandes y de cómo el cuento español te debe tanto, desde la admiración de tus coetáneos, como Ignacio Aldecoa o Carmen Martín Gaite, a la de tantos buenos cuentistas después de ti, como Hipólito G. Navarro, Eloy Tizón o Javier Saéz de Ibarra. Tus editores también te echarán de menos: dice Juan Casamayor que te han traducido por ahí al inglés y que tramabais otro libro de cuentos después de esa última joyita tuya, Antes del futuro imperfecto, y piensa Fernando Valls que ya es mala pata que semejante cuentista se haya ido justo cuando acaba de aparecer la reedición de tu única novela, Laberinto de fortuna. Y, claro, también te han dedicado unas palabras de despedida unos cuantos de tus amigos. Quizá uno de los que más te conocía y quería y, desde luego, el que te leyó mejor, Ángel Zapata, ha publicado en El País unos párrafos tan sentidos y exactos ―como los que sólo otro gran cuentista podía dejar escritos de ti― que no concibo añadir una coma.

Sólo alcanzo a escribirte esta carta. Luego pienso ir a por un pastel de cumpleaños y comérmelo a la salud de tu sonrisa de fauno bueno y socarrón, que a mí lo de que se mueran los amigos y los maestros me lo desmonta todo, francamente, y yo quiero celebrar haber tenido el privilegio de conocerte. Sobre todo si te pienso y recuerdo aquella cara de Harvey Keitel que se te ponía a veces ―te habría creído cualquier cosa en esos momentos, aunque me hubieras contado que la tierra era plana― hablando de Entradas de cine y de la vida y sus salidas. Me parte un poco en dos ahora lo nítida que tengo una imagen: tu expresión decepcionada de chaval recién merendado al que le sobran energías pero se le acaba la hora del patio, cada vez que, tras la última copa, nos retirábamos de madrugada los amigos y tú querías más canciones y charlas, otra ronda del calor de Madrid, del calor de tu gente en aquél cafetín decimonónico de Malasaña del que, tras cada visita a tu terruño, te llevabas en el zurrón un poco de sol ―Helios, se llamaba el camarero, ya es casualidad―, para capear mejor la distancia y casi medio siglo de frío, allá en Glasgow.

Quienes te leían valoraban tu literatura y quienes te conocían te querían bien. Qué más pueden esperar un artista y un hombre de su paso por el mundo. Que te conozcan más ahora y siempre, se me ocurre, que te sepan más lectores, que te lean mucho y que lo hagan atentos. En cierto modo, envidio ese gozo inaugural de quien se acerque por primera vez a tus cuentos. Estos días ando diciéndole a quien me lo pregunta ―y a quien no me lo pregunta también, empecinado― que, si te quieren descubrir ―a estas alturas―, que lean al menos tus cuentos completos en Escritura y verdad. Hasta ganas me entraron ayer de darle un susto a una viajera en el autobús: «¡lea a Medardo, hágase el favor!», le hubiera soltado en voz alta ―que leyera tus cuentos, o tus memorias, El cuento de siempre acabar, ese recuerdo tuyo de España tan afilado como honesto y bien contado, con un castellano luminoso como pocos he leído―, pero a la señora le asomaba del bolso un novelón de esos de highlanders ―palabra― y de pronto me entró una tristeza misionera. La cosa está muy chusca, Medardo, y aquí la gente sigue como cuando el café Gijón, con lo de «novela grande ande o no ande», y, a poder ser, extranjera.

Ya sabes que soy lector de cuentos de morro fino, aunque nunca me atreviera a enseñarte ninguno de mis primeros relatos ―ni a darte la vara con ello, que me parece que también por eso te caía yo algo simpático, con lo pesados que nos ponemos los noveles―, tal vez porque la cabra que soy tira al monte de la novela ―perdóname, maestro, porque no sé lo que hago―, porque tengo demasiado de ruso loco y me da por intentar contarlo todo, en vez de hacer como tú, que decías tanto con los silencios, que dejabas que lo no escrito apareciera en tus cuentos y le dejara la última palabra al lector. Tus primeros relatos ―cualquier joven cuentista firmaría hoy un estreno como el tuyo, con ese librazo que es Cuentos con algún amor, que publicaste antes de cumplir los treinta, maldito― se parecían un poco a los de Chéjov, aun antes de que leyeras al médico, y hubieran sido dignos de Katherine Mansfield, a la que leías tanto. Pero a la vez, y esto es lo mejor, no se parecían a nada, en particular a ningún cuento español de la primera mitad del siglo XX. Y es que, a lo peor, quien no te haya leído aún pensará que un señor que tal día como hoy cumple ochenta y ocho años ―no me hagas esto, anda, que ya he comprado las velas y tienes que soplar luego― debe de haber escrito batallitas con mucho polvo de biblioteca encima. Qué sorpresa va a llevarse, que lo que tienen debajo tus relatos son mil correcciones, mucho trabajo, ganas de experimentar, de buscar caminos y, sobre todo, esa mirada tuya, desengañada, incisiva, irónica y tierna a la vez, que, como un buen cuento, le quita lo vulgar y la rutina a la lectura para dejar un eco de vida sugerida, un rastro cierto y sin aspavientos del alma de las cosas.

He tenido la inmensa fortuna de leerte y de conocerte, Medardo, de compartir entre gente muy querida algunos ratos contigo. Por eso no me permito estar demasiado triste, o cuando menos lo intento. Mantuviste siempre, como los más grandes, la soberbia a raya, tan humilde tu presencia pero sin la estratagema de la falsa modestia, tan generosa tu actitud con los demás, en particular con aquellos jóvenes en los que tus ojos sabios identificaban la intención honesta y la voz despierta. Pero también con el látigo fino cuando olías a un tuercebotas cerca. Un buen día tuve incluso el honor de maquetar un prólogo tuyo ―otro de esos gestos que te hacían especial: apoyar a una editorial minúscula y los cuentos de un escritor tan bueno como desconocido― o hasta de hacerte una entrevista ―como un niño esperaste impaciente y gruñón a que se publicara, y como un niño estabas luego, tan feliz―, y es que sólo con trabajos de por medio nos poníamos serios y podíamos hablar de cuentos y literatura, ya que ―y eso también suele ser síntoma de verdadera grandeza en un escritor y en cualquier ser humano― en persona hablabas poco de ti mismo y de tus libros, no sentabas cátedra sobre nada y tenías más curiosidad por el otro que ganas de que te doraran la píldora.

«Al que este mundo no le ponga triste alguna vez o le falta algo esencial o le sobra algo que no le pertenece», dijiste en aquella entrevista. «Dicen que si aspiramos a la luna, la luna acaba acercándose», pude leer en otra. Y yo ahora me quedo aquí, al final de esta carta, con todas las minas de Escocia lloviendo en mi patio y mucho más triste ―no me sale otra cosa hoy― en un mundo en el que ya empiezas a faltar más de la cuenta. Aspirando también a poder enviarte esta carta a alguna parte, para que la leas en cualquier cuarto del cielo ―o lo que hayan inventado allá arriba― en el que haga calorcito, entre un buen sol de meseta y te dejen escribir cuentos tranquilo, tal vez en la vertical de Madrid, a ver si así quedas un poco más cerca.
Aunque sea para soplar las velas del pastel.
Y pedir un deseo. Y otra ronda.

Feliz cumpleaños, Medardo, y hasta siempre.

Tu amigo,
Sergi

(Carta de Sergi Bellver)

La mujer de cristal




 
Hoy es un día triste. Hoy por fin he entendido que no me amas, que no soy quien pueda llenar todos los vacíos que hay en tu vida. Sueñas con una historia en la que no encajo. Me encuentro fuera de lugar y hasta ahora no quería verlo. Pero es así.

Dices que te sientes atado a un destino que no planeaste. Pero sí lo hiciste, porque te dejaste arrastrar y no hiciste nada para cambiarlo. Te limitaste a ser arrastrado por la inercia de los acontecimientos. Y ahora sólo notas un gran hueco en el alma, que huele a tiempo perdido, que imita a la nostalgia, que sabe a hiel en los labios…

Y es evidente que si alguna vez pude ser yo quien te ayudara a volar, hoy estoy fuera de toda lógica razonable de dar marcha atrás para intentar hacerte feliz. Llegué tarde a tu vida, pero juro que te estuve esperando más de la mitad de la mía.  

Y ahora evitas en tus mensajes cualquier cosa que tenga parecido a la palabra amor. Siempre estuve enamorada de ti, aun sin saber que eras real. Eres el hombre injusto. Pero también eres la persona que me sacó de la rutina de días idénticos y por eso te estoy agradecida. Porque por fin, llegaste a mi vida para demostrarme que no te estuve esperando en vano. Ahora sé que la felicidad en el amor también es posible, aunque cuando llegas si la función se ha acabado, algo se rompe en el interior y suena como un cristal que se estrella contra el suelo. Así me siento yo: feliz por saber de tu existencia y rota por haber llegado tarde.
(Mía)

Juega conmigo


No me dejas mirarte, pero busco tus resquicios más imprudentes para observar tu boca, aquella que ayer me besó, y no fue en vano, pues una fuerza voraz la poseyó y no pude evitar caer en el exilio de la cordura
Nos conocimos de muchas maneras esa noche, inspeccionamos cada centímetro de nuestra piel tocando con los dedos palabras sinceras pero carentes de sentido
Pues dime, ¿cómo vamos a hacerlo?
Tienes que irte, ambos lo sabemos, aunque la sola idea de no volver a oler tu pelo mientras dibujo caracolas con él, me marchita
Deja atrás la obligación y la rectitud, bésame y que no haya nada más

Fuente: http://memoriasdeunadesconocida.megustaescribir.com/

Tópicos y otras certezas



He intentado olvidarlo, decirte que te quiero con toda la sinceridad que las palabras me permitan, cerrar los ojos y así recordar lo que tiempo atrás hacía que me mordiera los labios al verte.
He intentado ensayar frente al espejo mi sonrisa más neutra para que no puedas cerciorar lo que ambos sabemos que está pasado.
He tocado tus manos como siempre, pero no he reconocido esta lejanía que en mí se manifiesta, ni el letargo de un abrazo que me sabe incómodo.
Y todo para darme cuenta, que yo soy el error.
No quiero caer en el tópico y decirte, cariño, no eres tú, soy yo.
No te mereces palabras tan marchitas por la rutina de quien está en guerra con la sinceridad y valentía
No te mereces que te haya hecho esto, pero ha ocurrido.
Y no quiero reconocerlo, porque a pesar de todo, sé que te quiero, quiero ese ladeo de tu cabeza cuando me miras con dulzura, quiero esos suspiros que denotan incredulidad cuando digo alguna bobería, quiero esa seguridad que solo tú has sido capaz de devolverme, la seguridad de sentirse querida.
Es por ello que me pregunto qué ha pasado, y en qué momento repetí una vez más: a veces, el amor no es suficiente...

Fuente: http://memoriasdeunadesconocida.megustaescribir.com

“¿En qué piensas?”

 
Hoy me animo a decirte lo que hace rato me vienes preguntando… “¿En qué piensas?”. Me lo dices cada vez que callo mientras cenamos, me lo dices cada vez que caigo en el silencio de mis pensamientos con la mirada fija en tus ojos, en tu rostro, en tus labios… me lo dices cada vez que te estoy pensando. Es que tienes un poder sobre mí que me hipnotiza con cada uno de tus movimientos. 
 
Hace poco que nos conocemos y la intensidad que tiene el avance de nuestra relación me sorprende. Tanto nos entendemos, tanto nos electrizamos con cada encuentro, que a veces tengo la sensación de que me cuesta hasta respirar. Me encanta, lo absorbo en cada detalle y lo disfruto pensando que quizás lo estoy soñando y que pronto puede terminar. Me invade una melancolía que intento no mostrarte, sólo quiero disfrutarte.
 
Cada vez que me lo preguntas me sonrojo, es que no puedo evitarlo. Generalmente me lo preguntas en el momento justo en el que me encuentro pensándote a ti, en tus modos, en tu perfecto rostro y esa mirada que me vuelve loca y me llena de emoción a la vez. Me da miedo pensar en lo rápido que va todo y a veces mi autoestima me juega malas pasadas: me cuesta creer lo conectados que estamos en esos momentos donde las miradas lo dicen todo.
 
Pienso en lo increíble de la situación en la que nos encontramos, en que no puedo sentirme más afortunada al encontrarme de pura casualidad con quien siento es el amor de mi vida y me corresponde, en nuestros miedos compartidos y nuestro pasado que nos atormenta a cada uno por su lado, pero que gracias a lo que tenemos juntos sentimos que podremos superarlo todo.
 
Pienso en lo bello que tenemos y que no podemos dejarlo pasar, pienso en tus ojos mirándome con fuego cuando me quieres hacer el amor y en tu boca pronunciando las palabras más dulces del mundo en ese momento justo. Pienso que lo nuestro no es azar sino destino. Pienso que me estoy enamorando…

Recibí tu declaración de amor con fecha del viernes 23...



Estimado Alberto: recibí tu declaración de amor con fecha del viernes 23, misma que paso a responder.
Primero que me pareció medio larga. Ni sabías en qué andaba, entonces te mandaste más por entusiasmo tuyo que por otra razón.
En la parte que ponés “que me amás desde el primer día que me viste”, ¿a vos te parece?, para empezar no indicás qué día fue, no puedo saber si yo también te vi o me llevás ventaja. Sí recuerdo cuando nos presentaron, y ahora entiendo la sonrisa que traías, porque ya venías emocionado, por así decirlo.
Cuando afirmás que “he nacido para hacerte feliz”. No puede ser cierto, ahora no sé cuántos años tenés, pero desde que naciste hasta ahora, ni un poco mejoraste mi vida. O llevás un atraso que ni te cuento o es una de esas frases que se dicen por decir.
¿Que pasás noches sin dormir? No sé si estás tomando algo, ¿qué querés que haga? Podría cantarte una canción tranquila, pero no soy de cantar en público, no sé, me da vergüenza. Probá ir al médico.
Después decís que las estrellas te dicen mi nombre. ¡Estaría todo el mundo llamándome por teléfono si fuera cierto! Móviles de televisión a la puerta de mi casa, la NASA. “¡Ani, las estrellas le dicen tu nombre a un flaco!”. Nada que ver.
Que pasás las horas lánguidamente. ¿Vos buscaste qué quiere decir esa palabra? Para mí que quisiste decir otra cosa.
Por último me pedís que te dé una respuesta y que la vas a esperar con ansiedad. Calmadito, por favor, porque lo que menos quiero es andar con gente nerviosita.
Te voy a ser sincera, me llegaron tres o cuatro cartas de amor más, ¡a cuál más disparatada y boba! Así que la tuya, dentro de todo, fue la mejorcita.
De modo que acepto tu propuesta, vení con flores mañana a partir de las cinco y seremos felices para siempre, mi amor.
Tuya de todo corazón
Anita

(Luis Pescetti)